Páginas

jueves, 6 de febrero de 2014

Jamaica Jammin'!

Luego de un día en Miami donde no paró de llover, y después de una hora y media de vuelo, llegamos a Montego Bay, el lugar turístico por excelencia en Jamaica. Ubicado en la costa noroeste de la isla, ya desde el avión uno puede apreciar un mar verde turquesa, que baña las playas de arena blanca de esta famosa isla del Caribe. Jamaica es un destino dificil para viajar desde Argentina, pero un destino fácil y económico al cual acceder desde Miami, con lo cual aprovechamos la escala que teníamos al volver de Nueva York, y fuimos a paliar un poco el frío a las costas caribeñas de esta pequeña y bella isla.

Apenas llegamos nos dimos cuenta que la comunicación, por más que el idioma oficial es el inglés, no iba a ser tan fácil. Los jamaiquinos hablan un dialecto, el creole jamaiquino o patois (patuá), que es una especie de inglés cortado, abreviado, con síntesis de palabras unidas entre sí. Realmente cuesta entenderles y hacerse entender si no utilizan el inglés convencional. Al llegar estuvimos un rato en el aeropuerto hasta arreglar un taxi para que nos llevara a nuestro destino (30 USD el taxi oficial por 10/15 minutos de viaje. Tal vez es conveniente salir del aeropuerto y ver que se puede arreglar en la calle), y nos fuimos al hotel que habíamos reservado por Booking.com, Syrynity Palace. Si bien el hotel está alejado del centro de Montego, o Mobay como le dicen los locales, es muy bonito. Está ubicado frente al mar, con una pequeña playa privada, las habitaciones son amplias y lindas, tiene pileta y ofrecen desayuno (si bien lo sirven en otro hotel de los mismo dueños, Wexford Hotel, ubicado en el centro, te llevan de manera gratuita). También el personal fue muy amable, lo que hizo que enseguida nos sintiéramos a gusto. Y, por los precios que se manejan en Mobay, fue de lo más económico que conseguimos dentro de los estándares que buscábamos (75 USD para dos personas por noche).

Después de instalarnos fuimos al supermercado a comprar algunas cosas. Los precios en general son mucho más razonables que en Estados Unidos. Acá uno puede dejar de fijarse tanto y comprar no sólo para subsistir. El supermercado tenía una gran variedad de productos envasados y especias, y no tantos productos frescos. La variedad gastronómica en la isla es bastante limitada, y en los circuitos menos turísticos es difícil poder correrse de los hábitos alimenticios más locales. Volvimos al hotel con algunas provisiones a disfrutar del atardecer (en Enero empieza a oscurecer a las seis de la tarde).

Para moverse en Jamaica, cuando no puede ser a pie por la distancia, existe un sistema de taxis públicos (compartidos) que uno puede parar en cualquier lugar (o bien el taxi para y pregunta si se quiere transporte como sucede casi constantemente), y por dos dólares se puede viajar. Si las distancias son largas, se puede conversar el precio para arreglar una tarifa que deje a todos conformes. También se pueden tomar buses por un dólar, pero por lo que vimos es menos habitual.

El día siguiente fue de playa y caminata por el centro de Mobay, luego de un desayuno con ingredientes de almuerzo (en Jamaica se desayuna muy fuerte, nada de pan con manteca y mermelada. Hay carnes guisadas, vegetales, y comidas calientes en su mayoría). De la playa que puedo decir... Es el paraíso. Mar celeste, arena blanca, montañas y selva de fondo. Una belleza. En contraste con eso, el centro de la ciudad deja ver un poco de la pobreza del país. Las construcciones son viejas y poco mantenidas, la ciudad está muy poco cuidada en cuanto a su estética y limpieza, y hay puestos de venta de casi cualquier cosa por todos lados. Es la imagen de la ciudad centroamericana que tengo en la mente, por las otras ciudades que he conocido por estos lares. Mucha gente, mucho ruido, mucha desprolijidad. Lindo para conocer, pero dan ganas de volver rápido a la paz de la playa.





Por la noche hicimos la excursión a la Luminous Lagoon. Es una de las excursiones más famosas de la isla, y conviene hacerla desde Montego Bay por la cercanía (45 minutos de viaje aproximadamente). En la laguna luminosa existen microorganismos que se encienden con el movimiento por lo que, cuando se empieza a nadar, uno se ilumina. Los brazos y piernas comienzan a encenderse de un color verdoso fluorescente. Es una experiencia muy distinta y vale la pena hacerla. La excursión se hace por la noche. Nosotros la contratamos en una agencia al mejor precio que conseguimos (55 USD en un local un tanto escondido al lado del Wexford Hotel, 39 Gloucester Av.). Por lo que vimos, los hoteles más concurridos (no fue nuestro caso) ofrecen tours grupales para hacer la excursión. 

Un tip para el turista confiado es que en Jamaica existe un "cuento del tío". Cada tanto algún jamaiquino te para y dice que te conoce de algún lugar, que es el mozo de tu hotel, o el cocinero del restaurante donde cenaste, etc. Luego te pregunta por el destino al cual te estas dirigiendo, y te dice que está cerrado o alguna excusa para que uno no vaya, invitándote a otro lugar (por ejemplo un bar), en el que seguramente tendrán algún arreglo. En pocas horas se nos acercaron tres jamaiquinos diferentes con el cuento. Y a lo largo del viaje, algunos más.

El día siguiente hicimos un poco de playa por la mañana y al mediodía partimos para la ciudad de Ocho Ríos, u Ochie, para los jamaiquinos (pasaje a Ocho Ríos 16 USD por Knutsford Express). El viaje dura alrededor de dos horas, el servicio de los micros es muy bueno y es la opción económica. En general las distancias en Jamaica no son largas, la isla es muy pequeña. Si se quiere recorrer en auto hay que tener en cuenta que en Jamaica conducen con el sistema inglés (el volante se encuentra a la derecha), con lo cual hay que estar un poco entrenado, o bien conducir con mucha calma.

La geografía de Jamaica es bellísima. La ruta que nos condujo de Montego Bay a Ocho Ríos va bordeando un Mar Caribe celeste que contrasta con la espesa vegetación. Un paisaje digno de disfrutar. Por otro lado es un país montañoso, lo que a mi gusto lo hace aún más lindo.

El hotel de Ocho Ríos, Ocean Sands (55 USD por noche la habitación doble) era bastante sencillo, pero muy bien ubicado, en el centro de la ciudad y a sólo 1 km de la estación de micros, lo que hace que uno pueda moverse caminando a casi todos lados. (Después nos enteramos que estábamos en la "zona roja" de Ochie, pero a decir verdad no hubo nada que nos llamara mucho la atención, más allá de algunos bares un tanto extraños y poco iluminados). Apenas llegamos recorrimos la ciudad, que es muy turística, llena de negocios de souvenirs, ferias y locales de comida. Sin embargo y a pesar de todo lo turístico que uno observa, al igual que en Mobay, me dio la sensación que la ciudad tiene una vida y un movimiento independiente del turismo. Y también, si uno se aleja unos metros de la zona más turística, puede otra vez apreciar la precariedad y desprolijidad que contrasta con los paisajes paradisíacos. De todas maneras es interesante caminar las ciudades, y observar esas contradicciones. Por otro lado, debo decir que si bien uno está advertido de andar con cuidado, no nos sentimos inseguros.

La idea de visitar Ocho Ríos, más allá de que es un lugar recomendado por sus playas y uno de los centros turísticos importantes del país, era hacer dos excursiones: las Dunn's River Falls por un lado, y Nine Mile, el mausoleo de Bob Marley, por el otro. Las excursiones en Jamaica en general son muy costosas, comparado con el resto de las cosas y con el presupuesto que uno maneja (por ejemplo, hacer las dos excursiones juntas nos salía alrededor de 150 dólares por persona, y sólo se paga en efectivo). La realidad es que cuando se ven las distancias y los tiempos de cada excursión, uno se da cuenta que los precios ofrecidos no son para nada razonables. Y, paradójicamente, en un centro turístico tan importante como Ocho Ríos es imposible encontrar agencias de turismo para comparar opciones. Ya habíamos observado eso en Montego Bay, pero en Ocho Ríos resultó más notorio. De hecho intentamos buscar una agencia que habíamos visto en internet, pero no existía (lo que advierte que hay que tener cuidado en los sitios en los cuales uno pone su tarjeta de crédito). Creo que aquí los tours los manejan los hoteles con lo cual, sí uno no se aloja en un hotel importante o no viaja en grupo, las excursiones resultan más costosas porque terminan siendo privadas.

Por la noche cenamos en un restaurante justo al lado de nuestro hotel ("Jack Sparroz". Si. Sparroz) frente al mar. Los platos estaban muy buenos, eran abundantes, y el precio estaba bien. Ni que hablar de la vista. La comida en Jamaica es picante, por lo tanto hay que aclarar que se quiere "no hot", si no se gusta. Y aunque uno pregunte y le digan que no es picante, por lo general lo sigue siendo, por lo menos para mi paladar.

En Ocho Ríos comienzan a verse muchos rastafaris, cosa que en Mobay no sucedía. También la geografía es diferente, mucho más selvática y con la vegetación más espesa. Para mi gusto el paisaje es más bonito que en Mobay.

Los jamaiquinos son muy simpáticos. Constantemente te saludan por la calle, te hacen chocar puños al grito de "respect" o "no problem", y te preguntan como la estás pasando o te desean un buen viaje. Algunos lo hacen desinteresadamente y otros no. Los que no, si bien son simpáticos, a veces llegan a agobiar, sobre todo cuando en cinco minutos de paseo te paran cinco veces. Son muchos los jamaiquinos que buscan venderle algo al turista, o bien llevarlo a algún lugar o invitarlo a ver artesanías. También es impresionante la cantidad de veces que a uno le ofrecen marihuana en la calle, siendo ilegal el consumo de la misma. Todos los que te detienen para hablarte terminan ofreciéndote "a smoke". A veces cuesta caminar tranquilo por una feria, o por la calle. Pero bueno, uno tiene que entender que es un país pobre y que esa es una estrategia de supervivencia, por lo tanto creo que hay que tratar de ser amable y comprensivo, aunque a veces resulte difícil.

Como las excursiones que teníamos en mente nos resultaron bastante por fuera de nuestro presupuesto, pero no queríamos dejar de hacer al menos una, nos ingeniamos para visitar las Dunn's River Falls (cascadas), resignando el mausoleo de Bob Marley (que aunque me hubiese gustado ir, me parecía un despropósito el precio que querían cobrarnos por ello). Luego de averiguar sobre los tours a las cascadas, decidimos hacerlas por nuestra cuenta, y creo que fue una elección acertada. Tomamos un taxi que nos costó 5 USD. Luego la entrada al parque, que sí o sí hay que pagar (20 USD), más alguna propina a un guía y el locker (10 USD más). La vuelta la hicimos caminado (son 5 km al centro de la ciudad y el camino es muy bonito). Hacer las cascadas por nuestra cuenta nos permitió quedarnos en el parque el tiempo que quisiéramos, lo cual estuvo muy bueno, y en un tour no hubiese sido posible.





Conocer las Dunn's River Falls vale la pena. Es un parque muy bien armado, donde se pueden escalar las cascadas (30 metros aproximadamente) y disfrutar de la playa caribeña en la desembocadura de las mismas. La caminata por las cascadas es recomendable hacerla con guía (que sólo pide una propina a voluntad, nosotros le dimos 5 USD por ejemplo), y si después se quiere volver a escalarlas solo, que también es posible. El guía no sólo muestra el camino, sino que te lleva la cámara de fotos, lo cual es sumamente necesario. Para escalar las cascadas no hay que llevar nada encima (para eso están los lockers), y tener ropa para cambiarse luego porque uno se moja muchísimo. También, si uno no quiere mojarse el calzado (sólo se puede ir en zapatillas), hay unos puestos en la entrada que alquilan "water shoes". No es que uno se moja un poquito, se moja hasta el cuello, así que hay que tomar esos recaudos. Nosotros todavía estamos secando las zapatillas. Las Dunn's River Falls y su entorno son muy muy bellos, y se puede pasar ahí todo el día.

Luego de las cascadas nos fuimos a tomar unas Red Stripes a "Jack Sparroz" mirando el atardecer sobre el mar. Un lujo.

Por la noche intentamos buscar algún lugar más local para cenar, pero todo se encontraba cerrado. Suponemos que porque era domingo, y ya veníamos observando poco movimiento durante el día. Los jamaiquinos tienen un ritmo de vida muy tranquilo por lo que pudimos ver, con lo cual no sería raro que no trabajasen los domingos. Finalmente terminamos en un restaurante más bien local, no muy vistoso, donde comimos bien pero nada más que agregar.

De Ocho Ríos partimos a media mañana para Negril, lugar famoso por sus atardeceres, por sus acantilados y por sus playas. El viaje duró tres horas (nuevamente Knutsford Express, 20 USD el pasaje de Ocho Ríos a Negril). Llegamos a la tarde y nos instalamos en el hotel que habíamos reservado, Samsara Hotel, ubicado en el West End, la zona de los acantilados (taxi desde la estación de buses al West End, 5 USD). El hotel era muy bonito, pero la habitación podría haber estado mejor por lo que pagamos (150 USD, cabaña para dos personas). La idea en Negril era hacer vida de relax así que pagamos un poco bastante más y elegimos un hotel con instalaciones. Esa tarde y la mañana siguiente nos quedamos en el hotel, en la pileta, y aprovechamos los acantilados para nadar y ver el atardecer, que es realmente muy hermoso. 





La segunda tarde de Negril nos fuimos para el lado de la Norman Manley Av., y aprovechamos la playa. Negril tiene una playa preciosa, muy extensa y con el mar más turquesa y calentito que en las otras playas que visitamos. Sin embargo, para los amantes de las playas desiertas Negril no es el lugar ideal. La playa está invadida por hoteles, bares, paradores, puestos de artesanías, y de atracciones turísticas. De todas maneras se disfruta sin dudas. No paseamos por el centro de Negril, pero por lo que pudimos ver desde el taxi, no existe una zona céntrica delimitada. El lugar es pequeño y más bien dedicado a la vida de playa.

A la tarde partimos nuevamente para nuestro punto de inicio, Montego Bay (12 USD el pasaje en micro por la compañía amiga), a pasar la última noche (Hotel Caribic, muy simple pero excelente ubicación, 65 USD la habitación doble).

Me gustaría hablar un poco de la parte gastronómica, para aquellos que como yo disfrutan de este tipo de experiencias. La comida en Jamaica no es muy variada. Todo por lo general se basa en el "jerk", que es una especie de salsa que acompaña algún tipo de carne asada. Dicha salsa tiene un sabor fuerte, ahumado y avinagrado, y por lo general picante (o muy picante). Así, en casi todos los lugares encontramos jerk chicken, pork o beef. También sirven otra carne, oxtail, que es una carne roja. Las carnes que no son "jerk" por lo general viene trozadas (con hueso y todo) y guisadas. También hay muchos curris en las cartas de los restaurantes. Todo al estilo centroamericano, servido con arroz y porotos, y vegetales o papas fritas. Otro ejemplo gastronómico es el desayuno típico: ackee and saltfish. El mismo consta de un revuelto de pescado salado, morrón y ackee (que es una fruta amarilla). Eso viene acompañado con plátanos, batata y mandioca hervidos, banana yam dumpling (masas de banana y mandioca hervidas), y calalú (que es un vegetal parecido a la espinaca, que se sirve hervido con otras verduras como ser zanahoria, repollo y coliflor).

En Jamaica comen mucho, pesado y picante, y los platos en su mayoría giran en torno a los mismos ingredientes (pollo, cerdo o pescado, al estilo jerk o guisados). Sinceramente no fue mucho de mi gusto, pero valió la pena probar. En los restaurantes comunes es difícil conseguir variedad y comida más internacional. Tal vez alguna que otra pizza, hamburguesa o wrapp, pero no mucho más. 





Jamaica me resultó un lugar muy interesante de conocer. El contraste entre la belleza de su geografía y la precariedad que implica ser un país centroamericano pobre, brinda un contexto en el cual uno puede disfrutar sin olvidarse de algunas realidades. Y creo que para un viajero eso genera un aprendizaje y una experiencia mucho más enriquecedora que sí uno sólo fuera a permanecer en un hotel, mirando hacia el mar. Por otro lado, la posibilidad de interactuar con la gente del lugar, que me resultó muy amable y cálida, se da únicamente si uno está dispuesto a encontrarse con esos contrastes tan típicamente latinoamericanos (aunque en Jamaica se hable inglés).



Recomendaciones

- Hoteles. (Fijarse que por lo general, a la hora de reservar, no están incluídos unos impuestos que luego cobran).

Montego Bay:
Syrynity Palace. Dirección: Reading P.O., St. James, Jamaica, West Indies. 
Caribic Hotel. Dirección: 69 Gloucester Avenue, White Sands. 

Ocho Ríos:
Ocean Sands. Dirección: Avenue 14, Ocho Ríos. 

Negril:
Samsara HotelSamsara. Dirección: West End Road, Negril.

- Excursiones

Luminous Lagoon (laguna luminosa). Conviene hacerla desde Montego Bay porque es el lugar más cercano. Se puede hacer en tour, o bien tomar un taxi que vaya hasta el lugar de donde salen los barcos y ahí contratar el paseo por la laguna (desconozco si la segunda opción es más económica que la primera). Se realiza cuando oscurece.

Dunn's River Falls, en Ocho Ríos. se puede hacer por cuenta propia tomando un taxi hasta las cascadas, o caminando. Si se hace en tour no se va a poder disponer del tiempo que uno quisiera en el parque, que es muy bonito para quedarse.

- Micros de larga distancia Knutsford Express. Se pueden sacar pasajes online, pero por lo general se consiguen con poca anticipación y tienen varios servicios diarios a los principales destinos.

- Si se opta por conducir, hay que tener en cuenta que en Jamaica el volante está del lado derecho (y por lo tanto las carreteras en consonancia a esta forma de conducir). Desconozco los precios para alquilar auto.

- La comida es generalmente muy picante, así que conviene preguntar antes de pedir, para no llevarse sorpresas poco gratas. Si no se quiere comer picante, las palabras mágicas son "no hot". Todo lo que diga "hot", de lo contrario va a picar.

- Los precios en Jamaica en general son razonables y hasta económicos en algunos casos y lugares. La excepción son los taxis privados y todo aquello destinado exclusivamente al turismo (desde excursiones hasta souvenirs). Para abaratar costos en materia de transporte conviene manejarse en taxis compartidos o buses, o bien alojarse cerca de las actividades y lugares que se quieren hacer y visitar. Y en lo que respecta a regalos y souvenirs, mejor comprar un Toblerone en el free shop y todos contentos.



martes, 28 de enero de 2014

New York New York

Llegamos al aeropuerto JFK de Nueva York a las 6 a.m. de un primero de Enero, con lo cual muchos de los trabajadores de migraciones estaban de asueto, y eso nos significó más de una hora y media de espera para efectivamente pisar suelo americano. Del aeropuerto nos dirigimos a Brooklyn, Crown Heights (líneas 3 y 4 de subte, estación Kingston Av.), barrio judío ortodoxo donde estaba ubicado nuestro hotel (Hotel Eshel, del cual no encontré ninguna página web interesante). El barrio es bonito con casas bajas y arquitectura armónica, lejos de la imagen de la Nueva York que uno espera encontrarse. El clima en Enero, mucho frío, afuera. Y calor, mucho calor en los interiores, lo que genera una incomodidad casi constante de vestirse y desvestirse permanentemente. No hay outfit que resulte adecuado. Sólo paciencia. 

Con sólo dos horas de sueño, más el golpe climático que significó pasar de cuarenta grados de sensación térmica a menos bastantes, salimos a dar un primer vistazo a la ciudad más nombrada y filmada del mundo. Luego de recorrer Crown Heights con todos sus negocios kosher y aquellos destinados a la vida judía observante, nos tomamos el subte línea 3 rumbo a Manhattan. Debo decir que el metro y sus estaciones no me generaron ningún tipo de admiración estética, como sí lo hicieron en los países europeos, pero cabe destacar que el sistema es muy amplio y conecta toda la ciudad de punta a punta. También, para aquellos que estamos acostumbrados a manejarnos con un subte limitado, el metro de Nueva York puede resultar un poco confuso al principio. Hay muchas líneas, con números y letras, y varias de ellas pasan por el mismo anden. Hay servicios locales (que se detienen en todas las estaciones), y express (que sólo se detienen en algunas), y dependiendo del día y/o el horario, pueden funcionar una o ambas. Sólo se trata de prestar un poco de atención, y preguntar si uno no está seguro. En el peor de los casos se tendrá que combinar con alguna otra línea, si se toma la equivocada.

Bajamos en la 42 St. en el centro de Manhattan, pleno Times Square, y por fin apareció Nueva York tal cual la esperaba: una vorágine de luces, propagandas, gente, negocios, más y más gente comprando, consumiendo, más luces que te muestran desde publicidades de ropa, coca cola, fast food, hasta saludos de año nuevo. Movimiento constante. Nada ni nadie se detiene. Carritos de comida en las esquinas ofreciendo platos de los más diversos orígenes: hamburguesas, falafel, comida griega, hot dogs. Todo lo cosmopolita de esta ciudad se puede ver parado en una esquina de la Broadway Av. y la 45 Street.

El midtown Manhattan es tan abrumador como impactante. Nada escapa a la locura de estímulos. Si se mira arriba, abajo o a los costados da igual. En todos lados está pasando algo, sin respiro. Los edificios se muestran compitiendo por cual es el más alto, original y luminoso. Las tiendas son asfixiantemente grandes. Entrábamos a los negocios casi sin pensarlo, empujados por la marea de gente, y salíamos enseguida siguiendo nuestro instinto de supervivencia. Creo que mi primera impresión fue de encanto y mareo. De no saber que hacer, que mirar, adonde ir. Después de pasear un rato, la fascinación por las luces se hizo agobiante y la necesidad de paz insostenible, así que nos refugiamos en alguna de las calles laterales. La vorágine céntrica se hace un poco hostil de a ratos. Tal vez las pocas horas de sueño, sumado al hecho de que haya sido un día feriado ayudó al caos, no sé. Pero todo es multiplicado y exagerado.

En las calles aledañas encontramos una plaza, el Bryant Park, con un lindo mercadito con cosas poco accesibles a nuestra moneda devaluada. De camino hacia allí, se veía el Empire Estate y el edificio Chrysler, dos emblemas arquitectónicos de la ciudad. Pasamos por algunos teatros y sus centros de venta de tickets con descuento (donde las letras iluminadas de las obras que se ofrecen son tan estridentes que creo que uno elige cualquiera con tal de no seguir mirando el cartel).


Más tarde recorrimos el Rockefeller Center, con su vertiginosa torre vista desde abajo, su árbol de Navidad gigante y su pista de patinaje para aficionados, con doscientas personas alrededor que sólo miran esperando que alguien se caiga.

Nueva York tiene la particularidad de que en cada lugar uno puede encontrarse aglomeraciones de personas mirando cosas totalmente sin sentido para uno.







El día siguiente comenzó a las 4 de la mañana rumbo a Washington D. C. No hay tiempo que perder. Washington fue una visita express, más que a las corridas, y sin mucha moraleja para mi gusto. La ciudad es pulcra, amplia. Por lo menos en su zona céntrica no hay edificios altos, sólo grandes construcciones que en su mayoría son edificios de gobierno o museos. Hay plazas extensas por todos lados. La ciudad mantiene un color y una estética uniforme, armoniosa y aburrida. La primera parada y la más larga, fue el Museo del Holocausto. Conmovedor como todo museo del holocausto, y perfectamente bien puesto como cualquier establecimiento yankee. Casi tan perfecto que hasta uno se olvida que eso fue realidad. Después del museo, y en tiempo récord recorrimos el Museo Smithsoniano de aire y espacio (en Washington hay varios museos de este centro educativo:  http://www.si.edu). El tiempo que estuvimos en el museo sólo me alcanzó para un pantallazo general y la tienda de recuerdos, suficiente para mi interés en la materia. De allí conocimos el Capitolio, la Casa Blanca y el Lincoln Memorial, todo a las corridas, mientras oscurecía, la temperatura se hacía cada vez más hostil, y comenzaba a nevar. Y como se preveía, la nevada se hizo cada vez más intensa, y el viaje de vuelta a Nueva York fue de más de ocho horas.

Por la mañana, toda la ciudad se encontraba cubierta de nieve y con una temperatura terriblemente helada. Realmente el frío se siente y mucho. Por un lado fue un placer conocer Nueva York con nieve (ahora realmente entiendo el espíritu navideño), pero por otro limita mucho las posibilidades de caminar y pasear. Se está deseando casi todo el tiempo entrar a algún lugar calefaccionado (y cuando se lo encuentra, uno desea no haberse puesto tanta ropa). El primer paseo del día, desde la parte sur de Manhattan, consistió en tomar el ferry por el río Hudson desde el cual se aprecia la Estatua de la Libertad chiquitiiiiiita, y Manhattan desde lejos, que es una vista preciosa (el paseo en ferry para cruzar el río y volver es gratuito, para llegar hasta la base de la estatua hay que pagar). Luego recorrimos parte del Lower Manhattan, Wall Street, pasando por la St. Paul's Chapel (que estaba cerrada), y subiendo por Brodway Av. llegamos a la famosa Canal St. para adentrarnos en Chinatown y Little Italy, y finalizar comiendo un delicioso hot pastrami en la famosisíma Katz de la Hudson St. (205 E Houston St. http://katzsdelicatessen.com/. 19 dólares el sándwich. Ojo, es para compartir). El Lower Manhattan me gustó mucho. Pierde la espectacularidad y la vorágine de Times Square, para ser un lugar más creíble. Las tiendas, el movimiento callejero y los edificios con sus escaleras por fuera de la estructura tan vistos en diversas series taquilleras, retratan una Nueva York donde uno ya puede encontrarse dentro. Otra vez el frío, que por suerte fuimos atenuando con un poco de sol y unas petaquitas de vodka, fue un actor importante en el paseo, pero creo que se puede llegar a olvidar por un rato, si se está disfrutando. Lamentablemente la nevada nos impidió visitar el memorial 19/11, también ubicado en esta zona de la ciudad.





Nueva York es de por sí una ciudad cara. Y para aquellas monedas que están lejos de competir con el dólar, algunas cosas resultan demasiado caras. Comer en algún local de comida rápida no baja de 15/20 dólares (algo básico), las entradas a los museos entre 20 y 30 dólares, y ni que hablar de la ropa y otros accesorios y recuerdos turísticos. Si se dispone de un presupuesto ajustado, hay que elegir bien que paseos hacer y tratar de abaratar costos con las comidas (los supermercados son una opción posible, ya sea para comer en algún parque si la temperatura lo permite, o bien en el alojamiento que uno disponga, si cuenta con alguna comodidad para hacerlo).

Al día siguiente recorrimos el barrio del Soho, donde buscamos un mural famoso que simula la pared de un edificio (Greene St. y Prince St.). El Soho es un barrio comercial y de viviendas, donde se pueden encontrar las marcas más famosas y exclusivas como Louis Vuitton y Prada, hasta H y M, Forever 21, y otras del estilo más popular. El barrio tiene mayormente edificios bajos, pero a medida que uno avanza hacia el norte, va aumentando la altura de las construcciones. También varios lugares de comidas y locales nocturnos se encuentran aquí (lamentablemente el frío y la distancia en la que se encontraba mi hotel no hizo posible vivir la noche del Soho, pero quedará dentro de la lista de los pendientes).

Por la tarde nos dirigimos hacia la zona del Central Park (59 St. y 5th Av. para tener alguna referencia), con la intención de conocer The Frick Collection (http://www.frick.org), museo de arte con muy buenas referencias en las guías de viajeros. Cuando llegamos la fila era muy larga, y la hora de cierre muy cercana (importante chequear los horarios antes de ir, cosa que no hicimos), así que decidimos no entrar y aprovechar el tiempo para pasear por el parque. Entramos por la 5th. Av. El parque estaba todo nevado. Una belleza, pese al frío. Después de una pequeña caminata encontramos las buscadas estatuas de San Martín y José Martí, ubicadas en la mitad del límite sur del parque (59 St.) y nos pusimos muy contentos. Ya oscureciendo nos dirigimos hacia el sur de Manhattan, más precisamente al Puente de Brooklyn, para cruzarlo a pie. Ver Manhattan desde el puente con sus rascacielos imponentes y sus miles de luces es algo impagable. Lo deja a uno encandilado. Sin dudas una de las caminatas más lindas, y la perspectiva más hermosa de esta ciudad. El puente no es extenso, y vale la pena caminarlo para poder detenerse y contemplar las diferentes vistas.





El domingo por fin visitamos el MoMA (Museo de Arte Moderno. 11 W 53rd. St. http://www.moma.org/). Me encantó. Fue el único museo que pudimos visitar por el poco tiempo con el que contábamos, y creo que la elección fue acertada. El edificio es precioso y con la extensión justa como para no sentirse aturdido. Las instalaciones y muestras nos resultaron muy interesantes, pero lo mejor fue la colección estable de obras y artistas que se exponen en ese museo (Picasso y "Las Señoritas de Avignon", Monet, Van Gogh y "La Noche estrellada", que nos emocionó más que ninguna otra, Rivera, Warhol, y otros genios). La entrada al MoMA sale 25 dólares, lo que para nosotros es bastante, pero ni hace falta que diga que lo vale. También valió la pena retirar las audio guías (gratuitas), ya que no sólo uno tiene el relato de las obras, sino que se pueden sacar fotos para que luego el museo las envíe por mail, además de otras perlitas virtuales.

En la mañana del último día en esta ciudad maravillosa recorrimos el barrio de Chelsea, y pasamos por el Madison Square Garden. Chelsea es un barrio comercial sin mucho atractivo, al menos en las calles que recorrimos. Allí se encuentra la famosa tienda de electrónica, B & H (420 9th Av.), que para los amantes del rubro resulta una linda visita (no para mi). De allí partí tempranito rumbo a Broadway para sacar mi entrada para ver "El Fantasma de la Ópera". Acá otra vez hay que hacer de tripas corazón y entregar la tarjeta de crédito sin dudar: la entrada me salió 95 dólares, y fue lo más barato que conseguí. Existe la posibilidad de conseguir entradas más económicas en una suerte de "cartelera" (Tickets, 7th. Av. y 46th. St. Es una tribuna muy grande y visible bajo la cual se encuentran las ventanillas para la compra de entradas (abren a las 15 hs., al menos en invierno). Yo disponía sólo de esa noche así que no pude utilizar ese beneficio. De todas maneras debo decir que mi entrada valió cada centavo. 

Una vez con mi butaca en el teatro asegurada, encaré nuevamente para el lado del Central Park, pero esta vez por la 8 th. Av. Desde ahí, además de pasear por el parque y conocer el Lennon Memorial (la famosa placa en el suelo del Central Park con la palabra "Imagine", que Yoko Ono puso en memoria de John), conocí la puerta del Dakota (1 W 72nd St., y 8th. Av.), donde Lennon vivía y fue asesinado. Atravesando el Central Park desde la 8th. Av. rumbo a la 5 th. Av. se aprecian para mi algunas de las vistas más lindas de Nueva York. Los lagos interiores del parque (que hay muchos) estaban congelados y algunos sectores todavía estaban cubiertos de nieve, lo que generaba una estética muy bella. Paseamos por el parque pasando por el conocido Bow Bridge, y la pista de patinaje sobre hielo, para al fin salir por la esquina de la 59th. St. y la 5th. Av., donde se encuentra el gran Apple Store y el cinematografiado Hotel Plaza, dando inicio a la parte comercial exclusivisíma de la Quinta Avenida neoyorquina.






Muy lejos de sentirme Carrie Bradshaw, no sólo por la falta de efectivo sino por el poco sentido de la estética al que estaba obligada por los 15 grados bajo cero, recorrimos la 5 th. Av. y sus lujosos locales de las grandes marcas. Entramos a Tiffany's donde no encontré nada que me gustara, así que sólo nos perfumamos. También conocimos la famosa juguetería FAO Schwarz, al lado del Apple Store, (donde está el piano gigante en el piso que aparece en muchas películas), y seguimos caminado un poco y viendo vidrieras importantes e inaccesibles.

Luego del paseo por la 5th. Av. tomé el metro, y con todas las expectativas del mundo me fui al teatro Majestic (247 W 44 St.), a ver "El Fantasma de la Ópera" (http://www.thephantomoftheopera.com ). No tengo palabras. En materia de espectáculos es realmente una de las mejores cosas que vi en mi vida, si no la mejor. La puesta en escena, los vestuarios, los artistas, todo, absolutamente todo fue increíble. Me emocioné, lloré, y salí del teatro con una sonrisa que no se me borró por un largo rato.

La última mañana en Nueva York nos despertó con 25 grados bajo cero de sensación térmica. Se hace difícil. Voy a tener que volver a esta ciudad, pero sin dudas va a ser con calor.

Nueva York me resultó contradictoriamente encantadora. Es una ciudad que expulsa mientras uno se esfuerza por entrar. Es vertiginosa y abrumadora de a ratos. Parece que nunca se detiene, lo que nos impide permanecer quietos en algún lugar, y nos obliga a entrar en esa mecánica del continuo transitar, contemplando con esfuerzo. Es una dinámica de expulsión de hecho, pero que aquí resulta y se torna fascinante. Todo pasa rápido: las luces, los autos, las comidas, los paseos. En Nueva York hay poco tiempo, o al menos es la sensación que uno se lleva en la primera visita. 


Creo que por eso la gente vuelve. Hay algo que queda pendiente.



Recomendaciones


- En invierno el clima es difícil (más allá de la particular ola de frío que nos tocó en suerte). Si se decide viajar en esta fecha es recomendable llevar mucha ropa de abrigo e impermeable (por la nieve). También tener en mente que no es posible caminar y permanecer mucho tiempo al aire libre, como tal vez uno lo haría con otro clima, y que es posible que algunas actividades no se puedan realizar (por ejemplo nosotros no pudimos subir al Top of the Rock, ni patinar sobre hielo por razones climáticas).

-  Nueva York es una ciudad muy grande, y las distancias son largas. Por lo tanto, a la hora de elegir la ubicación del alojamiento, lo ideal es pensar en zonas lo más cercanas posible del centro de Manhattan, donde casi todo transcurre (Times Square, Soho, Central Park en su extremo sur). De no ser esto posible por elección o por cuestiones monetarias, hay que tener en cuenta que se estará mucho tiempo viajando para alcanzar las principales atracciones. Nosotros viajamos con un programa en el cual teníamos el alojamiento en el barrio de Crown Heights, Brooklyn, y teníamos cerca de una hora de metro para llegar al Central Park.

- Si se quiere abaratar costos, una opción importante son las comidas. Tener comodidades para poder comer en el alojamiento en que se esté tiene grandes ventajas en este sentido.

- Los museos cierran temprano y no están abiertos todos los días, con lo cual es importante chequear esta información antes.

- Para comprar entradas con descuento para los musicales se puede ir a Tickets (7th. Av. y 46th. St.). También existen sitios de internet que brindan descuentos e información. Les dejo dos que me pasó un amigo con mucha experiencia en el rubro: http://www.theatermania.com  y http://www.playbill.com.




domingo, 8 de septiembre de 2013

Mes favorites I


La elección es subjetiva, lo sé. Pero qué elección no lo es. Cuando después de los largos días de paseo me sentaba un momento en la cama de algún hostel (o con un poco más de suerte de algún hotel), a repasar el día en imágenes, estas por algún motivo me emocionaron o me robaron una sonrisa. Entonces, más allá del valor estético que seguramente les encuentro, hay un valor un poco más profundo. Son imágenes que no me canso de mirar, y sólo basta que aparezcan para que mi memoria reviva otro montón de imágenes, sensaciones y emociones. Hay y habrá muchas más fotografías seguramente, pero estas no podían quedar afuera de esta primera entrega.
Espero que las disfruten.




Firenze, Italia. Cuna de las bellas artes, y de la magnificencia de una época donde florecieron algunas de las personalidades más grandes de la historia. El Ponte Vecchio adorna un río que en cualquier otra parte del mundo podría pasar desapercibido. Pero no en esta ciudad donde se respira genialidad y belleza en casi todos sus rincones. Ahora, si se logra obviar el hecho de que se está pisando el mismo suelo que el David de Miguel Ángel, podemos perdernos y encontrarnos con alguno de los típicos recovecos italianos, que nos esperan como queriendo jugar a las escondidas. Aquí uno de ellos.




En Roma es imposible huir de la millonada de turistas que pueblan sus calles. Pero la popularísima Piazza Navona me ofreció, paradójicamente, un respiro. Tal vez la actitud distendida de los artistas que hacen suya la plaza logra que uno se aparte de la vorágine romana. Sin dudas una de las plazas más lindas que conocí.




Estaba claro que uno de los objetivos de la visita a París era incorporar a nuestro cuerpo y alma todo lo posible en materia de gastronomía. Mi hermana tenía prolijamente anotado en su libretita, como quien anota una prescripción médica, cada lugar y cada bocado a probar. La patisserie Fauchon fue de visita obligada, y su torta ópera la vedette de la ocasión. Pese a que la vidriera ofrecía una gran variedad de productos más que atractivos, ella era la elegida. Así que una vez que estuvo prolijamente servida en su bandejita dorada, con los cubiertos al tono, nos dispusimos a disfrutar del manjar, rodeadas de sandwiches envasados en estuches plásticos con cierres herméticos.




Durante varios días pasamos por la Torre Eiffel con el objetivo de subir, pero siempre la fila de turistas nos hacía cambiar de dirección y dejar la visita para otro momento. En París nos acompañó bastante la lluvia. Pero parece que también la suerte. Así que, el día en que ya no teníamos más opción que subir, el clima se puso maravilloso, y la fila fue lo suficientemente lenta y lo suficientemente rápida como para poder ascender a pleno sol y contemplar el atardecer desde las alturas de la torre. Cuando por fin bajamos, los colores eran dignos de una pintura de Pop Art.




Quien ha tenido la suerte de conocer Brujas, sabrá, sin lugar a dudas, que la ciudad está sacada de algún cuento de hadas. No me hubiese sorprendido ver algún duende, o alguna casita de chocolate a la espera de Hansel y Gretel. Cuando vi esta foto sentí que la ciudad quedaba perfectamente reflejada.




Phnom Penh, Camboya. Una ciudad muy pobre y con una historia de muchísimo sufrimiento, pero también una ciudad donde se encuentran las sonrisas más lindas que conocí. Estar en ese lugar me produjo una conmoción muy grande, por su historia, pero también porque aprendí que la alegría puede sanar hasta el más profundo dolor. Los camboyanos con sus sonrisas me enseñaron eso.




Nunca había visto una monja (femenino de monje). De hecho no sabía de su existencia. Bueno, ella es una.




El calor era agobiante. Salíamos de los Campos de la Muerte de Choueng Ek, en Phnom Penh. La visita a ese lugar había sido realmente terrible. Las cosas vistas y escuchadas me habían estremecido durante todo el recorrido. Luego, nuestro tuk tuk driver nos llevó a una pagoda un tanto escondida. Nos dijo que ya habíamos visto mucho dolor, y que sería bueno alegrar el alma. Y ahí estaban estas dos niñas camboyanas, con sus enormes sonrisas. Les pedí si podía sacarles una foto y las dos posaron alegremente. Después me pidieron verla, y al irnos de la pagoda, nos saludaban desde la bicicleta.




En Guatemala fue la primera vez que me encontré con una estética totalmente diferente a la que estaba acostumbrada a ver. Antigua Guatemala, pese a ser la ciudad más importante del país junto a Guatemala City, aún conserva las tradiciones aborígenes, sus trajes típicos y sus colores. Eso sí, la gente no gusta demasiado de ser fotografiada, así que uno corre la suerte de paparazzi, o en su defecto, de dador de propinas por la foto tomada.




San Juan fue un viaje muy especial desde lo emocional. Viajamos con mi hermana. Desde San Juan capital fuimos unos días a conocer un pueblo entre la cordillera y la pre cordillera, llamado Barreal. No estaba en nuestros planes iniciales, y de hecho estuvimos por no ir. Y la verdad hubiese sido una pena. Barreal es un lugar de una paz inexplicable, y su paisaje es hermoso. Minutos después de sacar esta foto, con mi hermana vimos tantas estrellas fugaces que se nos acabaron los deseos.




El Malecom de La Habana. Mi lugar preferido en el mundo, tal vez. Ese día fue el primero que lo vi. Bajaba por la avenida del hotel Habana Libre, y me sorprendió de golpe la inmensidad de ese mar azul. Fue amor a primera vista. Mi boca le quedaba chica a mi sonrisa. El aire, el mar, la música, la historia, la gente que camina y se moja cada vez que alguna ola rompe contra su muralla... Todo hace que ese lugar sea maravilloso.



Calor, calor, humedad, olores, más calor, más olores. La ropa que no da abasto. Bangkok es una ciudad que no permite relajarse. Pero también ofrece vistas inigualables, como la del Wat Arun, al otro lado del río. Desentona absolutamente. Y me gustan las cosas que desentonan.




Y la contradictoria Bangkok ofrece la locura de la ciudad, y la espiritualidad de sus templos, con sus niños y sus monjes salidos de alguna leyenda, o traídos desde el pasado. Esta imagen me pareció muy tierna. Entramos al templo con la idea de acaparar alguno de los ventiladores de pie que siempre hay al interior de los mismos para aliviar tanto calor, y nos encontramos con un grupo de niños cuasi hipnotizados por lo que les contaba el monje. Me senté un rato sólo para absorber un poco de ternura entre tanto caos cosmopolita. Me hubiese gustado entender de que hablaba el buen señor, aunque prefiero fantasear con algún cuento de super héroes ninjas vestidos de naranja furioso.




Nunca me había pasado de llegar a un lugar y no saber con certeza si iba a poder cruzar la calle. Hanoi me hizo pensar en un primer momento que mi estadía se limitaría a las cuatro cuadras de la manzana donde se ubicaba el Hotel Marriotte. Por suerte la necesidad desarrolla el talento, y como para alimentarnos había que si o si cruzar alguna calle, no hubo más opción. Después de unas horas, ya me sentía una transeúnte habitué. Hanoi debe ser sin dudas una de las ciudades más caóticas y desprolijas que conocí en mi vida. El estímulo de imágenes y sonidos puede resultar hostil. O fascinante, como fue en mi caso. Hanoi me recibió con su anti esteticismo maravilloso, con su gente hermosa, con un festejo de Año Nuevo, del año de la Serpiente, y con sus millones de vietnamitas augurando buenos deseos.




En Hanoi nada se detiene nunca. NUNCA. Los negocios parecieran no cerrar, y los recepcionistas de los hoteles no dormir. Tal vez esta foto me trae a la retina ese movimiento constante.



Recién llegados a Hanoi teníamos que hacer tiempo para ver el famosísimo espectáculo de marionetas acuáticas, que más tarde comprobaríamos que era un engaño dirigido a turistas europeos en busca de cosas bizarras. Mientras esperábamos ansiosos que se hiciera la hora de la función, recorrimos el lago Hoan Kiem, ubicado en el centro de la ciudad. El lago estaba rodeado de vietnamitas dignos de ser fotografiados. Y particularmente los niños parecen estar preparados desde su nacimiento para ese fin. Estas nenas hermosas estaban jugando con su mamá y yo sentía que me gritaban “¡sacanos una foto!”.




Este fue el primer día del Año Nuevo Chino. Era feriado, y salíamos de la casa de Tuan, un vietnamita que nos había invitado a almorzar con su familia. Fue uno de los días más especiales que me tocó vivir en un viaje. Son esas ocasiones en las que uno siente que está en el lugar justo en el momento exacto. Las padogas vietnamitas se poblaron de gente para recibir el nuevo año con rezos, encendido de velas y sahumerios. Pocas veces vi una acumulación de gente tan grande. Creo que sólo la supera alguna escena vista en Ho Chi Minh, en ese mismo país.



El Delta del Mekong, el río más importante de Asia. Cuando estoy en tierra firme tengo alguna noción de territorialidad, de saber donde estoy parada. Esa noción me es absolutamente ajena cuando estoy en el agua. Es una sensación entre vertiginosa y placentera, la de no saber donde estoy. Me gusta mucho esa sensación.




Y si, voy a caer en un cliché, pero Venecia es realmente una de las ciudades más románticas que he conocido. Es inevitable no fotografiar a los gondolieri con sus camisetas rayadas y sus gorritos tan simpáticos. Es como la foto en Disney con el Pato Donald. Pero más allá de sus clichés Venecia es un lugar realmente hermoso. Y aunque seguramente la vi mil veces en imágenes antes de conocerla, igual me impactó todo el temita del agua y los canales.




The Sepakers Corner en Londres es el fino borde entre la multicultiralidad y la locura. No se sabe donde termina una y empieza la otra. Es asombrante y divertido. Cada cual va con su banquito a predicar, a una persona, a dos, a veinte o a nadie. Eso sí, con la caballerosidad que caracteriza a los londinenses, todo transcurre en buenos términos. Tibio tibio.

sábado, 6 de julio de 2013

Algunos tips a la hora de armar un viaje




Soy de las que piensan que viajar no es sólo cuestión de tiempo y dinero. Si bien ambas variables son indispensables, también es cierto que se a veces con poco, se puede hacer mucho. Y eso, ante todo, es un tema organizativo.



Para aprovechar de la mejor manera el tiempo y el dinero del que uno dispone, hay que pensar, en primer lugar, que planificar un viaje no es un tema de un minuto para el otro, ni siquiera de un mes para otro. Cuando los recursos son escasos, lo central es pensar y planificar con mucho tiempo, yo recomiendo como mínimo 6 meses. Si se quiere más mejor. De esa manera se pueden conseguir buenas tarifas de aéreos, alojamientos, traslados internos, entre otras cosas, y comenzar a pagar con tiempo. Siempre es bueno también, tener alguna tarjeta amiga que nos de la chance de poder pagar en cuotas.

De más está decir que hay que dedicar tiempo y tener ganas de planificar, pensar, buscar precios, y todo lo que implica la organización de un viaje. Tiene que ser un disfrute. A mi me encanta. Yo empiezo a viajar desde que decido el destino.

Para agrupar aquellas cosas que deben tenerse en cuenta para la organización de un viaje pensé una regla mnemotécnica, y se me ocurrió utilizar tres letras a las cuales a su vez le corresponden tres palabras:

P: pasaporte, pasajes, plata

I: información, itinerario, idiomas

V: vacunas, visados, valija


(Otra reglita: para acordarse de las letras se puede pensar en la palabra VIP. Y quien dice, tal vez si la repetimos varias veces, tenemos suerte y nos pasan a primera clase!).

Las tres P

Es importante, fundamental, no excluyente, asegurarse de tener el pasaporte en condiciones para viajar. Hay algunos países, por ejemplo en Europa, que exigen que el pasaporte tenga una validez mayor a seis meses al momento de arribar a ese destino.

En cuanto a los pasajes, una vez que se consiguió una buena tarifa (ya sea por cuenta de uno o a través de alguna agencia amiga), es importante chequear que estos estén correctamente emitidos a través del sitio web de la aerolínea. Por más que actualmente se utilice el sistema de boleto electrónico, es recomendable llevarlo impreso, y chequear las veces que sea necesario (para obsesivos como yo) las fechas y horarios de salida de los vuelos. También, para aquellos que quieran agilizar los trámites en el aeropuerto y asegurarse una buena ubicación en la aeronave, hacer el web check in y por supuesto imprimirlo también.

Por último, en cuanto a la plata, tratar de llevar efectivo en la moneda correspondiente al lugar de destino. Siempre es conveniente tener algo de cambio chico a mano, para cuando uno recién llega y tiene que pagar algún traslado, o alguna compra. Si la moneda del destino al cual se viaja no se consigue en el país de origen, llevar una moneda de uso internacional y cambiar algo en el aeropuerto de arribo. Conviene tener claro el tipo de cambio, para evitar ser estafado o no estar dos horas frente a la ventanilla de haciendo cuentas. Para los más tecnológicos, muchos celulares tienen funciones que nos facilitan esas cosas.

Las tres I

El aprovechamiento al máximo del tiempo va a depender de la información con la que uno cuente y del itinerario que uno arme. El segundo es consecuencia de la primera. Excepto que uno decida pasar sus vacaciones en una playa, acostado en la misma reposera, para cualquier otra situación es conveniente ir informado.

La información práctica no sólo incluye las atracciones turísticas y actividades para hacer en un determinado lugar, sino también las posibilidades que existen para manejarse de manera independiente, y poder también de esa manera economizar gastos y optimizar el tiempo. En la actualidad se cuenta con miles de fuentes de información: desde las guías para viajeros como la Lonely Planet (esta es la que yo recomiendo, se consigue en muchas librerías), hasta los foros de viajeros (www.lonelyplanet.com, www.viajeros.com), o diversos blogs. Información hay por todos lados y al alcance de la mano. Sólo es cuestión de sentarse en una computadora y navegar. Las embajadas, o casas de provincia, en algunos casos también proveen información turística que puede ser útil.

Por otro lado, más allá de la información práctica, estoy convencida que el conocimiento de la historia de los lugares que uno visita va a influir positivamente en la riqueza del viaje. Y esa información no va en detrimento del factor sorpresa. Nada más alejado. Conocer la historia de los lugares lo conecta a uno con cuestiones más profundas, y contribuye positivamente a la vinculación con la gente del lugar. Si uno no va con algún back up, o sabe sólo lo superficial del lugar que va a visitar, se pierde de entender muchísimas cosas de la cotidianeidad, de la gente, de los comportamientos, de las costumbres. Desconocer que pasó en ese lugar, cual es su historia, cuales fueron sus sufrimientos y alegrías, obstruye la posibilidad de la empatía y la comprensión. Y muchas veces, en ciertos destinos, eso es parte fundamental de la vivencia del viaje.

En cuanto al itinerario, uno puede armarlo para un recorrido amplio, que puede abarcar varias ciudades o países, o hacerlo para una misma ciudad con el fin de aprovechar mejor el tiempo de estadía. Para el primer caso, conviene estudiar que posibles transportes conectan las ciudades que uno quiere visitar, y que tramos conviene hacer de día o de noche. Esto no quiere decir que se tengan que sacar todos los pasajes con anticipación, porque sino se perdería mucha flexibilidad, pero sí tener conocimiento de las posibilidades y tener alguna idea armada de la ruta. A veces, cuando se tiene poco tiempo en una ciudad, la ruta aérea que siempre es más rápida, para tramos de pocas horas puede ser un obstáculo, porque los aeropuertos en la mayoría de los casos necesitan de tiempo extra hasta que uno efectivamente llega a instalarse en el destino, con lo cual se puede perder casi un día. Y en una corta estadía, significa mucho. Siempre que uno va a realizar un vuelo, tiene que pensar en sumar como mínimo 4 horas más al tiempo efectivo de viaje. Hay varios sitios de Internet que brindan información sobre transporte, como ser www.seat61.com (este sitio es muy recomendable ya que brinda información de todos los medios de transporte a nivel mundial), www.skyscanner.net, www.es.lastminute.com, www.despegar.com, o bien las aerolíneas y empresas de buses y trenes de cada destino particular.

En el caso de los recorridos en las ciudades, recomiendo tener una imagen mental del mapa de la ciudad, saber donde se encuentran las atracciones por las que se debería por lo menos pasar, y ubicar otros lugares que queden cerca de esos puntos principales, para armar pequeños recorridos. Aquí también es importante saber los días y horarios en que dichas atracciones funcionan. Si uno es muy organizado, ya se puede ir con algún mapa marcado (las guías de viajeros suelen venir con mapas incluidos).

Para información acerca de alojamientos recomiendo utilizar www.booking.com (donde se pueden leer comentarios y buscar el alojamiento que más se adecue a las necesidades y posibilidades de cada uno, y además reservar en muchos casos sin costo alguno por la reserva y/o su cancelación). También existen otros sitios de información y reservas más enfocados a los alojamientos más económicos como ser www.hostelbookers.com y www.hostelworld.com.

Por último el idioma. No pienso que uno tenga que saber hablar y entender el idioma del lugar al que va a viajar, pero sí saber con lo que se va a encontrar para no entrar en pánico. Además, es importante llevar algunas palabras o direcciones anotadas en caso de necesitar alguna ayuda (por ejemplo, si uno es alérgico a alguna comida, se puede llevar esa apalabra anotada para no correr ningún riesgo a la hora de comer algo).

Las tres V

Muchos países requieren visas para el ingreso a los mismos. Esta información se puede conseguir en las embajadas y consulados, o bien en los foros de viajeros (aunque para asegurarse que esté actualizada, recomiendo la primera opción. Tal vez los foros ayudan con algunos tips que siempre es conveniente tener en cuenta, por lo cual no está de más leerlos). Algunas visas se pueden tramitar en el país de residencia de uno, y otras se tramitan en los puestos fronterizos de los países que se visitan. En el segundo caso es importante conocer bien que documentación va a ser necesaria para dicho trámite (formularios, fotos, etc.), y el costo monetario del mismo, como así también la moneda en la que se debe abonar. En muchos países los puestos fronterizos son una oportunidad única para la estafa al turista, por eso es importante ir bien informado.

Respecto de las vacunas, hay que saber siexiste alguna exigencia para el ingreso al país de destino, como así también si hay alguna recomendación para evitar el contagio de alguna enfermedad endémica de ese lugar. Los centros de medicina del viajero brindan toda esa información. Si uno cuenta con alguna prepaga puede utilizarla para tal fin. Dentro de los centros privados, Stamboulian es el más conocido en la materia. Y en el ámbito público, el Hopsital Muñiz de la Ciudad de Buenos Aires cuenta con un excelente servicio de medicina del viajero (Uspallata 2272 - CABA. Teléfono: 011 43042386). En dichos centros, también se puede solicitar asesoramiento para el armado del botiquín. Siguiendo con la cuestión sanitaria, nunca está de más contratar un seguro médico. Algunos destinos lo exigen (como ser Europa). Para aquellos que cuenten con tarjetas de crédito Gold o Platinum, muchas veces dicha asistencia es sin costo (sólo hay que averiguar cual es la cobertura en destino). Y para los que no, los seguros médicos no implican un gasto imposible de afrontar.

Por último, la valija. Me es difícil escribir al respecto porque hasta el día de hoy no aprendí a medirme, no con lo que llevo, sino con lo que traigo de vuelta. Pero bueno... Es fundamental conocer las temperaturas y condiciones ambientales con las que uno se va a encontrar para saber que prendas llevar. También las cuestiones culturales inciden en la vestimenta que uno elija (por ejemplo, en países con una incidencia muy fuerte de la religión se recomienda vestir con recato). El armado de la valija es muy personal, pero si algo tengo que recomendar es que siempre es conveniente viajar liviano. Es mejor llevar de menos que llevar de más. Y si uno sabe que en el destino va a tener la posibilidad de realizar alguna compra, llevar menos aún (este sigue siendo mi talón de Aquiles). En cuanto a los transportes, sobre todo el aéreo, es muy importante asesorarse sobre el pesaje permitido y la cantidad de bultos (tanto lo que se despacha, como lo que se lleva en la cabina), para evitar pagar exceso de equipaje, o hacer papelones en los aeropuertos. Con ingresar el número de boleto en los sitios web de las empresas, se cuenta con esta información.